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La perfecta vida de Coca
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- Categoría: Blog
- Publicado: Domingo, 20 Febrero 2011 00:13
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Buenos días:
Es martes, un hermoso día de junio. Miguel está sentado arreglando sus cosas y le parece agradable no sentir calor ni frío. La luz de la mañana invade el comedor donde está. Todo le parece tan calmo e inocente hasta que... aparece ella y trae abajo todas esas sensaciones.
- Buen día tía. ¿Vió que día tan agradable?- Saluda entusiasmado Miguel a Coca.
Ella no contesta y pasa a su lado sin siquiera verlo. Va directo a la cocina a poner la tetera para el desayuno.
Miguel se para y la mira. Todo parece estar bien, y le dice:
-¡Pero mire qué lindo que le queda el color azul!
-¿Por qué lo dices? Si yo suelo ponerme muy seguido ropa azul- Le contesta Coca, totalmente irritada y a la defensiva.
-Le digo eso porque últimamente la he visto con ropas oscuras- le responde Miguel con una sonrisa y un tono muy apacible.
-¡No!, ¡Yo siempre uso ropa de color! Otra cosa es que no prestas atención, hijo-. Le responde Coca rápidamente. Parece fastidiarle todo, hasta la misma respiración de Miguel.
Miguel la mira sorprendido por esta inesperada reacción a un simple cumplido.
-Tiene razón Coca, puede ser que no haya tomado atención. Pero sólo le vuelvo a recalcar que bien que se ve hoy...
-Ya sé que me queda bien el azul. Casi todos los colores me quedan bien. Y tienes razón. Nadie me presta atención. Estoy acostumbrada a ser ignorada, por eso me enoja que...
Miguel se acerca a ella - que le sigue hablando con una mirada de indignación - le toma la cabeza y le da un beso en la frente. Toma sus cosas y se va.
Es verdad, Coca casi siempre viste de negro. Pero no hay nada que le moleste más que le digan algo de su apariencia con que ella no esté de acuerdo. Es un tema que no hay que tocar. Hay ocasiones, y sólo ciertas palabras para hablarle de eso.
En ese día Miguel aprendió la lección, pero se juraba a sí mismo no decirle nunca más un cumplido a su Tía. No entendía cómo podía ponerse así por un inofensivo halago.
Miguel llegó a vivir con Coca hace un año. Los primeros días estuvo a punto de dejar todo y volverse a casa, pero el trabajo, las responsabilidades y la lealtad le obligaban a quedarse.
Hoy simplemente aceptaba su realidad. Aceptaba a Coca como era. Sin comprenderla vivía con ella.
No podía odiarla. Ella le había encontrado trabajo, le había ofrecido su casa y hasta se encargaba de comprarle la ropa que necesitaba. No había duda que lo quería. Pero ella era así... y así él también la quería. Miguel ya se había resignado a los inevitables problemas comunicacionales con Coca. Casi todas las conversaciones terminaban en malos entendidos.
Buenas Noches:
Miguel llegó puntual a la casa. Eran las 21 horas. A ella no le gustaba que se retrasara siquiera unos minutos.
Cuando entró vió la mesa perfectamente servida. Con los cubiertos, platos y paneras en el mismo orden de siempre. Coca era meticulosa, pero casi siempre había cosas que se les escapaban.
-Tía, Buenas Noches. ¿Cómo le fue hoy? ¿Tuvo mucho trabajo?- Le preguntó Miguel a Coca, que preparaba los alimentos sin inmutarse por su presencia.
-Si... bien.
Parecía no querer hablarle, o no importarle q él esté ahí.
Miguel se dió cuenta que faltaba el salero en la mesa. Se fue pronto a la alacena a buscarlo. El mueble era un desorden infernal y no veía el salero por ningún lado. El joven, ya hace un tiempo, había cometido el error de pensar que eso estaba realmente desordenado. Por más catastrófico que pareciera, la alacena estaba perfectamente ordenada por Coca. Sólo ella sabía dónde estaba cada cosa, y no había cosa que este fuera de su lugar que ella no se diera inmediatamente por enterada.
-Tía, ¿Dónde está el salero?
-En la parte superior, al lado izquierdo, detrás de los frascos azules. -Le contestó Coca, con una rapidez impresionante.
Miguel llevó el salero a la mesa y se sentó. Al rato llega Coca con la última bandeja que le faltaba traer. Había cocinado como para cuatro y sólo eran dos. En realidad uno, Coca no comía en la noche más que unos pedacitos de pan. Antes, quizá, uno la podía ver comer alguna otra cosa, pero desde que murió su esposo, ella radicalizó sus hábitos.
Antes que apoye la vasija, Miguel se dió cuenta que se derramaba de un costado todo el jugo del guiso.
-¡Cuidado tía, se está cayendo el guiso! ¡Déjeme ayudarle!
-¿Dónde? No, no se está cayendo.
- Sí, Coca, acá al costado- le indicó Miguel mientras tomaba el recipiente.
-No, Miguel. Es sólo una gota. Déjame hacer mis cosas.
- Tía, se está ensuciando el sweater. Deme la bandeja...
- ¿Pero tú crees que no me daría cuenta si estoy ensuciando? Ya sé que crees que estoy vieja, pero la verdad es que no lo estoy. ¡No tengo la edad de Tutankamón!
Miguel no le respondió. Él era bastante inteligente y locuaz. En su trabajo se caracterizaba por sus comentarios rápidos y precisos. Pero con Coca prefería callar. Si le seguía la discusión la noche se hacía interminable y no terminaba hasta que él se diera por vencido. Después de comer tuvo que limpiar el charco de guiso que había caído.
¿Quién era Coca?
Continuará….